“En escenas de pingback” por Antonio Arroyo Silva

En escenas de pingback

Pingback es un término que se usa en informática y hace referencia a un método para que los creadores de una web determinada soliciten una notificación cuando alguien enlaza uno de sus documentos. La escritora y poeta Beatriz Giovanna Ramírez que, como muchos autores en estos tiempos que corren, se mueve por estos medios virtuales y conoce las posibilidades que tienen para la expresión literaria, llámese difusión o producción de textos. De esta manera, las cacareadas dicotomías puramente literarias entre el narrador (o sujeto lírico, en su caso) y el lector cobran un significado más profundo y, por tanto, más imbricado. Como si el autor fuera un personaje más del entramado y muchos usuarios-lectores estuvieran escribiendo la vida de aquélla. O más.
Ni Borges, en el sueño de su ceguera, pudo imaginar lo inextricable del medio informático, un superlaberinto con hilo de Ariadna digital, con miles y miles de Enciclopedias Británicas. Siquiera pudo intuir su equívoco de escribir y reescribir del mundo: escribir y reescribir del mundo al unísono, en nanosegundos.
En este libro concreto, Un montón de espejos rotos. Microficciones en Escenas de Pingback, Beatriz, utiliza el registro narrativo sintético del microrrelato, y nunca desaprovecha los recursos antes mencionados, pero siempre con un tono literario. Desde la brevedad del sms que, con sabiduría e intuición ha sabido enlazar con las greguerías de Ramón Gómez de la Serna (Se llenó los bolsillos de cigarros; luego respiró profundo…). De esta manera, como pinceladas de un paint, vienen asociaciones libres de conceptos contrapuestos y todo aquello que le da vida a la expresión literaria, lo cual proporciona vigor y frescura a la obra, precisamente por esa naturalidad de su expresión.
Otro recurso que nuestra autora domina a la perfección es el silencio. Entre pincelada y pincelada, el vacío de una voz que espera respuestas, quizás de esos usuarios que han enlazado con su habitación virtual, quizás desde la propia cápsula de salvación que la autora lanza al mar de los pixeles. Silencio como respiración, a veces impaciente, a veces calmada y reflexiva. Silencio también como término musical que da la pauta al conjunto.
Y de la unión de estas pinceladas, de estas pequeñas imperfecciones humanas de su autora surge la perfección de la sinfonía que percibimos los lectores: la vida de una narradora que muchas veces se siente atrapada, no ya en las redes virtuales, sino en las de la amarga realidad de la condición de la mujer, no precisamente ente abstracto, sino en todo el rigor de su herida y desgarramiento. De esta manera, con el dolor, la desesperación, la ironía y el sarcasmo, y (así y todo) sin perder la brújula de la buena literatura, denuncia no sólo a la sociedad patriarcal, sino a los individuos concretos que la representan. Denuncia también la violencia hacia la mujer desde sus manifestaciones más brutales hasta las más sutiles y no por ello menos vejatorias.
Sin embargo, la narradora, incluso desde ese infierno dantesco, no pierde la esperanza de encontrar su paraíso, no perdido, arrebatado: La mujer deprimida se durmió esperanzada con que, algún día, después de la oscuridad, la despertase la luz, no una pesadilla.
Una esperanza despierta. No soñando, pues la vida puede tocarle a la puerta y encontrarla durmiendo. La vida que puede traerle ese paraíso.
Además, apreciamos todo un ideario de vida liberalizador. De ser ex-esposa a ser mujer, persona creativa, intuitiva, sensual. Ser dueña absoluta de su propio equilibrio. Por eso, todos aquellos hechos que contribuyen a ese desequilibrio interno y externo, pasan por el tamiz de una mujer que se enamoró de un ideal que al otro lado de esa moderna caverna platónica del PC resultó ser, como dice, “el profesor de dibujo” poniendo “no aptos” en todas las láminas de la vida de una niña, es decir, de una mujer que no cede ante los esquemas del otro, una mujer que no quiere perder su sensibilidad. Con este microrrelato “La niña y el profesor”, una analogía que surge espontáneamente de la realidad, Beatriz Giovanna Ramírez nos proporciona una imagen total, una pincelada que desvela todos los matices de la mentira y abre las ventanas a una certeza: no saber ni imaginarse el minotauro que desde el otro lado del espejo está siendo evaluado, no sólo por la mujer que escribe, sino por la argonauta que, desde su pingback, sabe que su vellocino realmente es envidiado por los dioses y sus ceros infinitos a la creación.

Antonio Arroyo Silva.

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