¿Qué hay detrás de mis fotografías en ‘Poesía de Alta Traición’? por Manuel Antonio Velandia

10333550_10153154198213488_7857960543361044427_oFoto: Salvador Galán e Isabel Rico

Cuando Beatriz Giovanna me invitó a participar con mis imágenes en su libro ‘Poesía de Alta traición’, no lo dudé ni un instante.

El discurso de los géneros no es para mí un tema nuevo. Desde el año 1996 circulaba un primer artículo publicado por una revista universitaria, en el que hablaba sobre los Derechos Sexuales como Derechos Humanos. Éste escrito que primero fue ponencia, en 1995, en un “Encuentro sobre Paz y Tolerancia” organizado por la Universidad Javeriana en Bogotá. Luego, retomé mis reflexiones al respecto para presentarlas como ponencia en Bogotá, en agosto de 1997, en un seminario titulado “Duelo, Memoria, Reparación”, cuyas memorias fueron publicadas por la Defensoría del Pueblo y que dieron lugar, un año después, a un libro con el mismo nombre.

Presentación en Evento. En Cerfami, Medellín, 01.08.98 y Publicado en la Revista de la misma institución, presenté algunos avances de mi investigación, textos que fueron presentados posteriormente en el “Primer Simposio Ética y Sexualidad”, noviembre de 1998, Medellín, organizado por la Sociedad Colombiana de Sexología y publicados en el volumen 13, números 1, 2 y 3 de la “Revista Latinoamérica de Sexología”1. Por los mismos días, se edita el libro “Y si el cuerpo grita… Dejémonos de maricadas”, una publicación de mi autoría, en octubre de 1999.

Todos estos artículos, que he nombrado, tienen una característica en común y significativa, como lo fue, el de aventurarme a pasar de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres a los derechos sexuales de cualquier persona, cualquiera que sea su sexo, género, cuerpo, identidad de orientación sexual, expresiones comportamentales sexuales e identidad sexual. Temas sobre los que sigo investigando y produciendo teóricamente en la actualidad.

La fotografía relacionada con los discursos sexuales tampoco es un campo novedoso para mí. Ya en España había presentado algunas exposiciones fotográficas y performances con temas afines. Las series fotográficas y exposiciones denominadas InVisibles, Invisibles: naturalezas transgresoras y la performance “Aunque no me veas, aquí estoy” retomaron los discursos sobre los tránsitos identitarios de género, siendo muy connotadas las instalaciones y las fotografías en las que presenté muñecas Barbie® con genitales masculinos; en el 2014, exhibí en FotoAlc el Portfolio “Transgressive Masculinities” cuyo tema es “El cuerpo representado y actuado” en el que reúno imágenes de series tan diversas como: “Ahora me ves, ahora no me ves”; “Sementales plásticos”; “Ruptura interior”; “La chica que hay en mí”; y, “Ángeles & demonios”. Ésta última ha sido tema de una exposición posterior en la que además presenté la instalación post-fotográfica denominada “Polimórfico perverso”, en la que utilizo como lenguaje fotocopias de fotografías, las cuales han sido objeto de intervenciones y manipulaciones.
Ya específicamente en un proyecto artístico feminista con perspectiva de género no es mi colaboración con Beatriz Giovanna y Sanz, mi primer trabajo en esta línea. Previamente produje varias series photomobile, en el que se involucraban la danza contemporánea, la poesía y la fotografía, a las que denominé: “A desgarro, desgarrito, todo”; “Pero tú sí, amor, tú sí”; “Tienes olor de suicidio, amor”; “Te prometo que no me va a doler”; y, “Me encanta cuando eres tan impúdico y se te notan las ganas”.

Mi visión

Mi proyecto fotográfico se centra en la construcción identitaria de género y el cuerpo, parte del concepto de que la identidad no es fija sino móvil y que las personas en la búsqueda del encuentro consigo mismas construyen identidades que transgreden el “deber ser” del cuerpo y de la masculinidad, macha, masculina, falocrática, misógina y heterosexual. Dichas construcciones no transgreden en su totalidad el “deber ser” sino que de acuerdo con los procesos particulares quebrantan en algunos de sus elementos los modelos identitarios.
El cuerpo, que es uno de los territorios identitarios, es el espacio en el que habita la identidad; es un referente para sí mismo, pero también, para los otros quienes interpretan, leen y definen a los demás, negándoles la posibilidad de ser reconocidos como auténtic*s otr*s, articulando así nuevas narraciones sobre el individuo.
De ese cuerpo que se transforma en muñeco o maniquí no sexuado, de ese cuerpo que se construye para hacerse a la imagen y semejanza del macho o de la hembra, de ese cuerpo que se niega a vivir la masculinidad exacerbada o la feminidad obligada para transitar hacia la autodeterminación, de ese cuerpo que se niega a aceptarse en el deber ser fluyen una serie de lecturas que pretenden subvertir los imaginarios de poder, desde esos cuerpos y esta perspectiva es que yo construyo mis imágenes.

Fotografías de Alta traición

Al pensar en las imágenes que quería construir para el fotopoemario, pensé en no recurrir a la violencia misma o a la simulación de ésta, porque me niego a atar a una mujer, falsear la realidad maquillando el rostro para que parezca golpeado o a recurrir a trucos de edición post-fotográfica para crear “realidades” que evidencien lo que la sociedad sabe que está ahí y frente a la cual generalmente no hacen nada.
Me decidí por el maniquí “femenino” porque tiene mucho en común con las mujeres maltratadas, víctimas de los crímenes de odio: son cosas y no personas; que usan al antojo de quienes les manipulan; se les desechan cuando no se les consideran útiles; se desmembran, se rompen, se marcan en su piel porque no interesa su existencia. Y porque, además, no me veo en la obligación de trabajar con una mujer “modelo” que generalmente para el artista, no es más que un objeto fotográfico en un segundo plano.
Opté por construir imágenes no para ilustrar poemas sino para en concordancia con la poeta escribir con luz sobre los horrores que acechan la vida de muchas mujeres, incluso algunas de ellas cercanas, conocidas y amadas.
Vinieron a mi mente escenas manidas de la violencia machista y entonces quise construir instalaciones que en sí mismas fueran obras pero también ideas cuyo tratamiento iconográfico trajeran a la mente del observador reflexiones sobre la vida misma y su rol personal de espectador que mira y calla.
El trabajo conjunto con otro fotógrafo: Juan Sanz, evidenció que el lenguaje genera mundos y que las emociones son motores de la acción humana en cuanto nuestros lenguajes y emociones caminan por historias diferentes y sentimientos diversos propios de la cultura, pero también de nuestras geografías y experiencias vitales personales. Instalaciones e historias cuyo devenir nos colocan en puntos diferentes en los que ciertas lecturas son comunes e incluso cercanas y otras en las que para Sanz los referentes son lejanos a los míos, por contar con una historia de refugiado, asilado y víctima del desplazamiento forzado, las amenazas de muerte e incluso un atentado contra mi vida.
En algunos casos quise trabajar solo, aislado del mundo, centrado en mis propias reflexiones, como por ejemplo, para producir las instalaciones y fotografías denominadas “Chupando gladiolo” y “Cosa-identificación”.

Manuel Antonio Velandia

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