Francisco Javier Irazoki: “No necesito poseer cosas, sino cuidarlas”

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI: “No necesito poseer cosas, sino cuidarlas”

BEATRIZ GIOVANNA RAMÍREZ [mediaIsla] | Boris Vian y los escritores del grupo Oulipo han conseguido que todo un país, Francia, les agradezca una literatura que no huele a cárcel. Existe unanimidad al respecto. Lo mismo ocurrre con el cantante Georges Brassens.
Escucho a Rokia Traoré para ponerme a su ritmo y seguirlo desde mi espacio. Francisco Javier Irazoki, escritor, músico virgen, lleva encendida la alarma poética. Trata la vida con la delicadeza de las palabras cuidadas, con las formas que evocan la belleza, la precisión y el sonido. Desde París escribe con memoria, hondura y convencimiento.  
El poeta Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 21 de octubre de 1954) fue periodista musical en Madrid. Colaboraba en revistas como Disco Expres (bajo la dirección de Erwin Mauch) y El Musiquero (dirigida por José María Iñigo). Formó parte de CLOC, grupo de escritores surrealistas. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc.
Como escritor, sus primeros poemarios editados fueron Árgoma (Estella, 1980) y Cielos segados (Universidad del País Vasco; Leioa, 1992), que incluía los tres volúmenes de versos escritos hasta esa fecha: Árgoma (1976—1980), Desiertos para Hades (1982—1988) y La miniatura infinita (1989—1990). Más tarde, Irazoki publicaríaNotas del camino (Javier Arbilla Editor; Pamplona, 2002, con fotografías de Antonio Arenal), el libro de poemas en prosa Los hombres intermitentes (Hiperión; Madrid, 2006) y La nota rota (Hiperión; Madrid, 2009), cincuenta semblanzas de músicos de épocas muy variadas. La Asociación de Escritores Extremeños y la Junta de Extremadura editaron en 2010 dos antologías—plaquettes de Irazoki.
Publica su columna Radio París en El Cultural, suplemento del diario El Mundo. 
—En crisis hasta la música que se escucha es triste. ¿Qué música escucha? 
—En los tiempos más recientes he escuchado pocos discos. Misterio. Sí acudí a varios conciertos en Nueva York y fue especialmente emotivo ver y escuchar a McCoy Tyner, Ravi Coltrane, Gary Bartz. En el local Blue Note los músicos tocaron atentos a un McCoy Tyner susurrante, con el cuerpo disminuido por la edad, pero de delicadeza tan joven como cuando acompañaba a John Coltrane. Entre compases finos descargaba dos o tres acordes de forzudo musical. Pero lo mejor de la noche nos lo dio Gary Bartz. Rojo y sin tristeza, extrajo de su saxo una música al mismo tiempo serena y desesperada.   
—¿Cuál es la sustancia vital del poema? ¿Qué elemento considera necesario para que un poema sea universal? 
—La pequeña verdad personal es la sustancia. Que las palabras, bien pulidas, apenas se vean bajo el peso verdadero que transportan. El poema principal llega empapado de vida y con pocas adherencias. Por otro lado, me dan miedo los vocablos que tienen corpachón de tanque. Un ejemplo es la palabra “universal”, tan hinchada. Sólo me acerco a ella para pedirle oxígeno cuando los patriotas trazan los límites de la dichosa identidad. 
—Sé que le gusta el detalle, lo minúsculo, que colecciona cosas que le proporcionan felicidad. ¿Guarda algún “hombre intermitente”? ¿Conserva de la niñez algún tesoro? 
—Mi infancia fue luminosa, y en ella decidí no conservar nada material. No necesito poseer las cosas, sino cuidarlas. Para mí, el “hombre intermitente” se vuelve invisible cuando su experiencia amorosa es fallida; con el desamor tenemos la transparencia de los desaparecidos. 
—¿En qué, cómo y dónde se refugia para encontrar la serenidad, para escribir poesía? 
—Sin refugiarme, de manera natural, llevo encendida la alarma poética. Ha sido mi forma de vivir. A veces los sonidos de esa alarma son las frases escritas en un folio. En otras ocasiones recibo una sacudida que aún no he aprendido a traducir con palabras. 
—¿Esas sacudidas las transforma en impresiones musicales? 
—No. Por ahora, soy un músico virgen. Cuando estudiaba Armonía, entregué semanalmente breves composiciones que eran corregidas en el conservatorio. Adquirida la técnica de escritura, todo lo compuesto sonaba coherente y con belleza convencional. Pero ¿dónde expresaba mis placeres y angustias? Fíjese en cualquier viejo bluesman. Usa combinaciones muy elementales, de infancia musical, y nos emociona con su autenticidad.   
—Casi dos años después de su artículo en El Cultural sobre Boris Vian ¿diría algo más?  
—Boris Vian y los escritores del grupo Oulipo han conseguido que todo un país, Francia, les agradezca una literatura que no huele a cárcel. Existe unanimidad al respecto. Lo mismo ocurrre con el cantante Georges Brassens. Boris Vian, que desde los doce años vivió amenazado por la mala salud, sonreía aunque la realidad lo obligase a hacerlo a dos palmos de un abismo. Me gusta su irreverencia incompatible con los lugares comunes. Con él confirmo una de mis escasas convicciones sociales: no existe justicia si no está entreverada de dudas y flexibilidad. La rigidez de una fe política o religiosa me sigue pareciendo la prueba de su inconsistencia. 
—Eduardo Punset me tiene atrapada en su último libro… Y me preguntaba al leer su obra, Francisco Javier, por la “realidad”. Porque para representar la realidad nos servimos de palabras. Vocablos que no se parecen nada al objeto que representan. Creemos en la verdad… La verdad es que no hay nada más incierto. ¿Cuál es la versión más real —sé que es subjetivo— que ha leído en poesía?  
—Bastantes textos de César Vallejo. Recuerde su poema “Considerando en frío, imparcialmente”. Y cada verso de “Poeta en Nueva York”, de Federico García Lorca. He sentido que la hondura de sus páginas viene directamente de una nobleza interior. La literatura como necesidad; sin tener en cuenta las repercusiones, los fervores, la decepción. Ahí hasta el aplauso es una mala música. 
—¿Qué autor lo conmueve?  
—Muchos, pero Félix Francisco Casanova es el mejor amigo invisible. 
—¿Sobre qué escribe actualmente? 
—Escribo un nuevo libro de poemas en prosa, Los descalzos, una especie de continuación de Los hombres intermitentes. Otro volumen completará la trilogía. Después quisiera redactar algunos cuentos y novelas. Ojalá haya tiempo, porque no disminuye mi lentitud. 
—Salvador Robles escribió “Contra el cielo”, una novela homenaje a las víctimas del terrorismo. Lo menciono porque él, sin eufemismos, muestra cómo se retuerce el lenguaje en la boca de unos fanáticos. ¿Cree que una sociedad puede superar la connivencia (el silencio cómplice) de miles de sus ciudadanos con la ignominia y la barbarie? 
—No creo en la calidad de un perdón nacido de la desmemoria. Por eso es importante un libro, Vidas rotas, donde Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey cuentan la historia de cada víctima de ETA. También, en nombre de muchos ciudadanos de dignidad anónima, me convence Maite Pagazaurtundúa, que desde muy joven ha defendido la democracia dejando claro que la ética debe imponerse al miedo. Allá donde ETA levante su copa de insensibilidad, y la tribu brinde o diga que cincuenta años de sangre no son nada, ese libro y esa mujer van a ser dos espejos justos. | BEATRIZ GIOVANNA RAMÍREZ, poeta colombiana residente en España.
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